Querida Madre Ascensión Nicol:
- Hnasmdro
- agosto 5, 2025
- Experiencias MDR
- 0
- 147
Hoy me atrevo a escribirte desde lo profundo de mi corazón, con un deseo sincero de conversar contigo, no solo como cofundadora de la congregación, sino como mujer de fe, trabajadora, humilde y hermana mayor.
Desde tu sí generoso, como el de la Virgen María, nuestra Madre, hasta lo desconocido, aprendí que caminar con Dios es un acto de confianza y valentía. Por eso, hoy quiero contarte algo de lo que habita en mí: mis sueños y mis miedos.
Sueño con una congregación más viva, en salida, que siga abriendo caminos donde nadie quiere ir, como tú lo hiciste. Sueño con comunidades que sean hogar para quienes lo han perdido todo. Sueño con una misión que escuche el grito de los más pobres, especialmente de aquellos que no tienen voz, ya sea en la Iglesia, en la sociedad o incluso en nuestras propias familias, que hoy son nuestros “Maldonados”, como tú los escuchaste en la selva.
Sueño con una Iglesia más humana, más sinodal, más cercana, donde todas tengamos voz y podamos caminar juntas, como hermanas, en discernimiento y fraternidad. Sueño con no perder la pasión misionera que tú encendiste; con seguir creyendo que otro mundo es posible si hay fe, esperanza, amor y entrega. Pero también, Madre, tengo miedo.
Tengo miedo de que el cansancio o la rutina me hagan olvidar el fuego del primer amor. Miedo de que las urgencias y exigencias me roben la ternura, esa que tú viviste como fuerza silenciosa en tu liderazgo. Miedo de que nuestras comunidades se cierren al Espíritu y perdamos la capacidad de escuchar, de confiar, de acoger lo nuevo que Dios quiere hacer entre nosotras.
A veces también tengo miedo de no estar a la altura del carisma que he heredado, o de que me falte el coraje para arriesgar lo que tengo por el Reino. Miedo de quedarme cómodamente instalada, cuando tú fuiste siempre caminante, buscando al pobre y a la esperanza.
Por eso te pido: intercede por mí, por nosotras. Enséñanos a vivir con alegría, con profundidad, con realismo y con confianza en Dios. Ayúdanos a elegir siempre la puerta estrecha, la que lleva al encuentro con los más pobres y con nosotras mismas.
Te pido también que intercedas para que yo esté abierta a la voluntad de Dios y a la acción del Espíritu Santo en mi vida misionera.
Gracias por tu vida, por tu legado, por tu testimonio. Que, como tú, podamos seguir diciendo cada día: “Que nos dé luz para conocer sus caminos y decisiones, para seguirlos a pesar de los pesares.”
Con cariño y gratitud,
Melanie Angeline Angoni Bilos / Juniora Aldaya
