Muy querida Madre Ascensión

Hablar de ti es hablar de la historia de nuestra congregación. Al conocer tu vida y comprender las razones por las que elegiste este camino, amplío mi comprensión de nuestra misión. Sé que abrir un camino para que otros lo sigan no es fácil, pero tú nos has mostrado la senda, permitiendo que lleguemos a lugares lejanos y olvidados por la humanidad. Este camino no sólo marca el inicio de nuestra historia, sino también un nuevo impulso para la humanidad.

 

Siempre he soñado con seguir tus huellas, llegar a los más pobres y compartir el amor que tu compartiste. Sin embargo, antes de estos sueños, tengo un deseo especial: que la semilla de tu historia llegue un día a la tierra de Birmania. Hemos venido para ser parte de esta gran familia, pero es necesario dar a conocer nuestra presencia, nuestra historia y nuestra identidad como Misioneras Dominicas del Rosario en esa tierra, para que los jóvenes puedan aprender de ti y ofrecerte también como parte de esta familia.

 

Sueño también con estar en los lugares donde se me necesite, sin importar si es fácil o difícil. Soy consciente de que no podré realizar grandes obras como tu hiciste para la congregación, ni ser tan útil como tu lo fue, pero deseo ser un instrumento humilde al servicio, aunque sea en las tareas más sencillas. Quiero ser una misionera que sepa servir con equilibrio y dedicación.

 

Por supuesto, reconozco mis debilidades y limitaciones, que muchas veces me llenan de temor. Me preocupa no poder cumplir bien con las misiones que se me confíen, no ser fiel a mis compromisos o dejarme dominar por el egoísmo y el orgullo. Sin embargo, confío en tu constante acompañamiento y guía, y en que siempre me recordarás vivir según la voluntad de Dios, dejándome guiar por el Espíritu.

Quiero agradecer, querida Madre Ascensión, por invitarme a formar parte de esta familia que has fundado, para vivir en fraternidad y entrega.

Con cariño y gratitud,
Tu hija,
Themar

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