Con mucha gratitud les escribo para agradecerles todo lo que han hecho y siguen haciendo en el Perú. Su entrega, su amor a los más necesitados y, sobre todo, a los más pobres ha dejado huellas profundas y llenas de esperanza. Gracias por mostrarnos que el amor de Cristo se vive en las obras y en el servicio diario.
Desde que conocí su misión, siento en mi corazón el deseo de seguir sus pasos. Sueño con poder unirme algún día a la misión en el Perú, compartir la vida con la gente y estar cerca de los pobres, llevándoles esperanza, educación y amor, como ustedes lo han hecho durante tantos años.
Sin embargo, también tengo miedos: mis limitaciones, mis fragilidades y la duda de si seré capaz de afrontar una misión tan grande. Pero confío en que, si es voluntad de Dios, Él me dará la fuerza necesaria.
Les pido, por favor, que me tengan en sus oraciones, para que pueda discernir bien mi camino y responder con generosidad.
Gracias por su vida entregada y por sembrar esperanza entre los más pobres y olvidados.