Al escribirles esta carta, mi corazón está lleno de emociones. En medio del silencio de la oración, siento la necesidad de abrirles el alma, de compartir con ustedes mis inquietudes, mis temores, pero también mi esperanza y mi profundo deseo de seguir el camino que ustedes iniciaron con tanto amor.
Tengo un sueño que me inquieta por dentro: el de la misión en las montañas, en los rincones olvidados. Siento el llamado a llevar la Buena Noticia, a compartir con los más sencillos la presencia viva de Dios, tal como ustedes lo hicieron. Sin embargo, también me acompañan muchos miedos. Temo no ser lo suficientemente fuerte, no estar a la altura de la misión que se me confía. Me preocupa fallar, dejarme vencer por mis debilidades. A veces, el peso de lo desconocido me inquieta: ¿Qué decisiones tendré que tomar? ¿Qué caminos se abrirán ante mí?
Pero, a pesar de todo, no me detengo. Porque sé que ustedes caminan conmigo. Me aferro a las palabras del Padre Zubieta: «Mi espíritu siempre contigo». Esa promesa me da fuerza. Me recuerda que no estoy sola en la misión.
Por eso, les pido que intercedan por mí, que me ayuden a mirar siempre más allá del miedo, con valentía y determinación, con la confianza puesta en Dios. Que, como ustedes, yo también pueda entregarme sin reservas, allí donde más se necesite.
Gracias por su vida entregada, por seguir inspirándonos cada día.