Queridos Padre y Madre

Vengo hoy de manera especial, con corazón lleno de gozo y gratitud, para agradecer a Dios que me ha dado de conocer a ustedes y quien, con la gracia de su Espíritu Santo, les ha hecho partícipes de su plan salvífico para nuestra humanidad. 

Esta gracia y amor es lo que les han empujado por caminos insondables para cruzar a la gente de otras razas, e intentar caminar juntas con esperanza, dando lo mejor de vuestra vida. Estos pies que usó el Señor para cruzar mi camino también; estas palabras que utilizó el Señor para seducirme; son esta llama que encendió el Señor para ayudarme a andar hoy con valentía y seguridad.  Sin vuestra apertura a la voz de Dios, no sé lo que sería de mí. Pero entiendo que eso lo ha dispuesto así por su gracia. 

Esta humilde carta, la dedicó en homenaje suyo. Quisiera intentar hacerlo por cada uno de ustedes, pero varias veces no he conseguido porque tan unidos están los dos. Las palabras son tan pequeñas y pobres que no pueden expresar lo que realmente quiero. Yo sé que es una sorpresa porque lo hago por primera vez.

La iglesia, la congregación, el mundo de hoy siguen necesitando de su presencia, aunque pasó casi un siglo después de ustedes y para mí que intento caminar siguiendo sus huellas, muchas veces, he intentado imitarlos, pero me resulta difícil. Lo posible que han hecho y vivido demuestra vuestra capacidad de amar al Señor, una respuesta a una llamada a todo riesgo que no deja sitio a caprichos personales. por eso, mi miedo hoy es que, al pasar en mis manos, esta obra se acaba por mi egoísmo, mi pereza, mi falta de ilusión e iniciativa. El sueño grande, no lo tengo, pero el deseo de ser una buena hermana  y misionera es todo lo que intento. 

Vuestro sueño e ilusión fueron tan grandes que intentaron hacerlo realidad que sigue hasta nuestros días. La congregación se sigue extendiendo cada vez más y hasta la República Democrática del Congo (mi país) y otros países africanos han llegado. Eso, les contaran mejor a Candida, Olimpia, Buen Consejo, Justa, Esther, Ana Maria, Leonie y otras hermanas que hicieron posible la misión allí. 

Hoy, junto a todos aquellos que amaron y ofrecieron toda su vida, seguimos amando a ustedes por haber sido amantes de nosotros, aceptando colaborar en el proyecto de Dios. Muchas cosas para contarles, sobre todo, lo que pasa y vive nuestro mundo hoy y la Iglesia y como la congregación va buscando cada vez maneras de adaptarse a todos estos cambios sin perder referencia a vuestra intuición. Estoy Muy alegre Padre y orgullosa de sentirme miembro de la congregación y formada en el juniorado intercontinental que inició el último capítulo general.

Madre, ¡cómo te gustaría ver cómo estamos compartiendo una alegría indescriptible en la comunidad y con el pueblo de Valencia desde nuestra diversidad! Imagínese que estamos juntas en una comunidad, hermanas de ocho nacionalidades. ¡Qué riqueza! Esto muestra que no fue en vano vuestros esfuerzos. Por eso, desde cerca del Señor, les pido que nos perdonen y tengan piedad de mí por todas las veces que resisto de darme a fondo. Para terminar, les queremos muchísimo.  Un abrazo grande y fraterno a todas las MDR que se han juntado a ustedes. Con mucho cariño.

Hija suya, Jemi Apar

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