SOSTENER LA ESPERANZA EN TIEMPOS INCIERTOS
- Hnasmdro
- octubre 13, 2025
- Experiencias MDR
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A fines del mes de septiembre participé en un Encuentro de las Predicadoras Apasionadas, hermanas de distintas congregaciones dominicas, con el tema “Mujeres Esperanzadas”. De ese espacio de reflexión y encuentro nació en mí la inspiración para escribir sobre cómo sostener la esperanza, especialmente en tiempos de incertidumbre, y sobre cómo vivirla no sólo como un sentimiento, sino como una vocación activa que nos llama a encarnar la misericordia y la compasión en la vida diaria
Sostener la esperanza hoy no es un acto ingenuo ni sentimental; es una decisión espiritual profunda, una postura existencial que nace de la entraña misma del Evangelio.
La esperanza que necesitamos no es evasiva ni cosmética. No es una frase bonita en tiempos duros, ni un calmante para adormecer conciencias. La verdadera esperanza cristiana no es anestesia: sino que moviliza. No niega el dolor: lo atraviesa. No huye de la realidad: la abraza con la certeza de que Dios sigue obrando en medio de la historia, aun cuando todo parece estar en ruinas.
Somos MDR, mujeres llamadas a vivir con pasión y compasión, y esa palabra, compasión, revela un secreto esencial: no es solo sentir lástima por quien sufre, sino arder con él, cargar juntos el peso de la vida.
La única intolerancia que se nos permite como creyentes es contra el sufrimiento que se puede evitar. Todo lo demás puede esperar. El dolor de los pueblos, no.
Por eso, el camino de la esperanza no comienza con discursos, sino con oídos que escuchan y con entrañas que se conmueven. Cuando permitimos que los clamores de la humanidad entren en nuestra oración, algo se incendia dentro de nuestros corazones. Así lo vivía Santo Domingo: en la noche, con lágrimas, repetía: “¿Qué será de los que sufren?” Su predicación no nacía de ideas o de teorías, sino de gemidos. Hablaba con Dios y de Dios… desde Dios. Porque cuando el corazón ha sido tocado, traspasado, por el Dios de la Vida, no se puede hablar superficialmente. Porque se descoloca la vida entera.
El Dios en el que creo no es distante. Es el Dios de la Zarza que arde sin consumirse. El Dios que nos llama por nuestro nombre y nos revela que la vida no está destinada a apagarse. Dios escuchó los gritos del pueblo esclavo y dijo: «He escuchado el clamor de mi pueblo… ve, sé tú ahora mi respuesta.» Esa palabra resuena hoy con fuerza nueva. Ser mujer consagrada hoy, ser MDR, es entender que la oración no es evasión, sino encuentro con el Dios vivo que gime, sufre y celebra en la vida de los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Cuando hacemos silencio de verdad, cuando dejamos que el gemido del mundo entre hasta nuestros huesos, el corazón rebota… y ese rebote se vuelve misión.
Creo profundamente que estamos llamadas a “parir una nueva humanidad”. Dios es Rahamim, entrañas de misericordia, y nosotras somos esas entrañas de Dios dentro de la historia.
Parir esperanza no es fácil: duele, cansa, desgasta, desgarra. Pero es la única forma de que la vida continúe. En medio de esa tarea profética, resuenan con fuerza las palabras de Pedro Casaldáliga: «La esperanza es posible, pero…, además, la esperanza es necesaria. Es tan urgente como el pan de cada día.» Y ese pan, no podemos guardarlo: hay que partirlo y repartirlo. La esperanza no se declara, se reparte. No basta con creer en ella: hay que amasarla con nuestras manos, sostenerla con nuestra oración, ofrecer con gestos concretos, incluso si son pequeños. A veces repartir esperanza es simplemente escuchar de verdad. A veces compartir incluso los “zapatos”, como quien dice: “camina tú ahora con mis zapatos, yo ya hice este tramo”. A veces será abrazar cuando las palabras sobran. A veces llorar acompañando. A veces se grita proféticamente ante la injusticia, aunque te den palos.
¿Cómo sostener la esperanza?
Contemplando la historia desde el Evangelio, no para huir, sino para dejarnos encender. Escuchando el clamor de los pobres hasta que se vuelva mandato interior. Están presentes, no solo en redes, sino en cuerpos y en miradas, porque ningún “like” sustituye el calor de una mano amiga.
Tenemos que ser comadronas del Reino, sosteniendo con delicadeza el nacimiento de la vida allí donde todo parece muerto. Haciendo de nuestra vocación una palabra nueva que se escuche en medio del ruido del mundo.
Hoy más que nunca el mundo necesita voces con acento de Evangelio y con fuego de entrañas. Voces que no nieguen el dolor, sino que del dolor sacar esperanza.
Que nuestra vida sea ese grito tierno y valiente que proclama: no aceptamos que la guerra y la muerte tengan la última palabra. No nos resignamos a la injusticia. Creemos todavía que el amor de Dios vence y no los tiranos y los déspotas que hay en tantas partes del mundo y a veces también en nuestros corazones. Que nuestros pasos sean llamas, que nuestras manos sean cunas, que nuestras voces sea Evangelio. Y que, pase lo que pase, sostengamos la esperanza… hasta que la esperanza, un día, nos sostenga a nosotras.
Hna. Marcela Zamora
Cdad. Acogida-Madrid
