Tengo una Madre

Una amiga no católica me preguntó un día por qué los católicos rezamos el Rosario.

Después de una larga charla, le respondí: “Tú eliges qué creer, pero yo te diré lo que creo y a quién elijo amar”. Rezo el Rosario porque Jesús me dio a María como Madre cuando le dijo a Juan: «He aquí a tu madre» (Jn 19,26-27). ¿Quién en este mundo no necesita de una madre? Si Jesús habitó en su vientre durante nueve meses, es porque María fue elegida, de manera única, por el amor y la gracia de Dios. Esas son las bases de mi fe.

Rezar el Rosario es hablar de corazón a corazón con Ella, pidiéndole que me guíe, como guió a su propio Hijo. Nadie conoció mejor que María cómo seguir a Jesús en los momentos más difíciles. El Rosario no es solo una oración hecha para honrarla: brota del Evangelio mismo. En Rosario recordamos, meditamos y oramos la vida de Jesús y de María.

La presencia de María irradiaba la gracia de Dios, y su prima la reconoció como bendita. El Rosario es, entonces, la oración que confiesa la bienaventuranza de María. Al rezarlo, mi corazón suplica: “Madre, enséñame a amar a tu Hijo y a todos los hijos de Dios como Tú los amas”. Porque amar a María es entrar más hondo en el corazón de Jesús. Cuando contemplo los ojos de Cristo, veo reflejada en ellos a María: una mujer como yo, pero elegida para ser la Madre del Salvador. El Rosario es diálogo, es memoria, es abrazo. Es recordar que María fue bendecida, que es Madre de Dios, y que ninguna madre niega la súplica de una hija. Lo dijo el Padre Pío: «El Rosario es la oración de los que triunfan sobre todo y sobre todos». Y también: «Nuestra Señora nunca me ha negado una gracia cuando se la he pedido con el Rosario». «En la oscuridad, tomar el Rosario es como sostener la mano de tu Santísima Madre». Tengo una Madre, tengo un amor, tengo una guía, y tengo un arma contra el mal. Ese es mi Rosario: un abrazo de hija y Madre, un susurro de amor que nunca se apaga.

Rosaria Aurea Ximenes

Juniorado de Aldaya

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