MISIÓN QUE TRANSFORMA: EL ROSTRO DE CRISTO EN LA PERIFERIA

Esta reflexión nace de la experiencia de misión vivida en las comunidades de Salamá donde la sencillez y la precariedad se unen a una fe profunda. Allí, vivimos la misión como encuentro que nos impulsa a salir, escuchar y aprender. Deseo compartir lo que el Señor ha obrado para animarnos a seguir caminando con disponibilidad y esperanza.

La misión no es solo un servicio; es un encuentro que cambia la vida. En las comunidades vulnerables, descubrí que el verdadero rostro de Cristo se revela en la humildad, en la pobreza y en la esperanza que brota en medio de la dificultad. Allí, donde faltan hospitales, escuelas y recursos, encontré corazones capaces de sostenerse unos a otros y de acoger con alegría nuestra presencia. Cada visita fue una lección. La fe no crece en distanciamiento, sino en el movimiento de salir, caminar y compartir. En medio de casas sencillas y caminos largos, experimenté la fuerza del Espíritu que transforma el miedo en confianza y la fragilidad en disponibilidad. Descubrí que no estamos solas: Dios camina con nosotras, nos capacita y nos sostiene en lo que parece imposible.

La misión me enseñó a mirar con compasión, a escuchar con paciencia y a servir con amor. En otros momentos, especialmente al hablar en público o animar celebraciones, sentí cómo el Espíritu transformaba mi inseguridad en confianza. Fue entonces cuando comprendí que la misión es mayor que mis límites; es Dios quien actúa y nos envía, y nuestra respuesta es la disponibilidad humilde. Esta experiencia me reafirmó la identidad congregacional: ser presencia que consuela y signo de esperanza. Como Misioneras Dominicas del Rosario, estamos llamadas a itinerar hacia quienes más nos necesitan, sembrando luz para revelar el rostro de Cristo y fortaleciendo nuestra vocación de amar, servir y construir comunidad.

Hoy puedo decir que la misión transforma porque nos lleva más allá de nuestros límites y abre nuestra mirada a lo esencial. Cristo se deja encontrar en lo pequeño y frágil, y su amor nos invita a responder con generosidad y alegría. Que esta experiencia nos anime a seguir caminando juntas: confiando, escuchando y sirviendo, para que en cada periferia florezcan señales de Reino de paz, justicia, de amor y esperanza.

Con cariño y gratitud

Laurette KUZENZAMA, juniora/Guatemala

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