MI EXPERIENCIA CONVIVIR CON PUEBLOS INDÍGENAS

Unirse al Programa de Formación de Postulantes y su inmersión de 10 días fue una verdadera bendición. Me asignaron a vivir con una familia Aeta en Pampanga, Filipinas. Quedarme con esta familia sencilla y amorosa me enseñó mucho sobre su modo de vida, lo que se convirtió para mí en un viaje cultural y espiritual.

Fui con el corazón abierto, confiando en el propósito de Dios para esta experiencia. Su hogar me recordó mi infancia, lo que hizo que aquella época fuera aún más significativa. Aunque esperaba que el idioma fuera una barrera, nos comunicábamos mediante gestos, un inglés sencillo y el lenguaje del corazón. Su hospitalidad y atención me conmovieron profundamente.

Una vez, cuando me sentí desanimado e inútil, me preguntaron si estaba bien, mostrando genuina preocupación. Me recibieron como familia y vi la presencia de Dios en su compasión. Sus prácticas diarias (compartir comidas, orar juntos (decían “Gracias, Señor” después de mi bendición) y comer con las manos) revelaban fe, gratitud y humildad.

Fui testigo de su perseverancia: niños que caminaban 30 minutos hasta la escuela con valentía y alegría, y familias que continuaban a pesar de las dificultades. El último día, unirme a su danza tradicional me trajo una sensación de unidad y celebración que me conectó con su cultura.

Aunque materialmente pobres, son ricos en espíritu: amorosos, resilientes y generosos. Necesitan más empatía, acompañamiento y oportunidades que caridad. Vivir con ellos me enseñó que la verdadera riqueza se encuentra en el amor, la fe, la sencillez y la comunidad.

Al salir del lugar, me sentí agradecido por las lecciones de independencia, adaptabilidad, solidaridad y compasión, más convencido de que la fe y la esperanza florecen incluso en medio de las dificultades. Doy gracias a Dios por bendecirme con esta hermosa experiencia, y agradezco a mis hermanas de la comunidad por su apoyo y oraciones.

Postulante Clara

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