EL ENCUENTRO MEMORABLE CON LOS AGRICULTORES
- Hnasmdro
- abril 20, 2026
- Experiencias MDR
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Se suele decir que convivir con personas inteligentes y amables moldea el carácter. Al convivir con los agricultores, aprendí a ser como ellos. Esa es la experiencia más memorable que he tenido con ellos, donde aprendí sencillez, honestidad y bondad. Agradezco a Dios y a las Hermanas Misioneras Dominicas del Rosario por la oportunidad de participar en el programa de formación de postulantes y sumergirme entre los pobres. Como parte de nuestro curso modular, pasamos once días viviendo en un entorno de inmersión cultural. Del 23 de febrero al 5 de marzo de 2026, me alojé con una familia cálida y cariñosa en San José, Bulacán, en Filipinas.
Compartir comidas, trabajo e historias con Tatay Faustino, Nanay Rowena y sus hijos me conmovió profundamente. Su fe, respeto mutuo y disposición a ayudarse unos a otros —a pesar de las diferentes religiones— revelaron la presencia de Dios en sus vidas. Estas hermosas prácticas me hicieron comprender que, sin importar quién seas ni de dónde vengas, todos compartimos una vocación común: la santidad y el valor de la fe y el corazón que llevamos dentro.
Aunque la barrera del idioma dificulta la conversación en ocasiones, me sentí como en casa y aprendí mucho sobre las dificultades diarias de las familias campesinas.
Lo que aprendí de esta inmersión es:
- La flexibilidad y generosidad de estos sencillos agricultores. Son pobres, pero tienen corazones grandes y generosos.
- Trabajo duro y perseverancia: Los agricultores trabajan incansablemente para mantener a sus hijos y proteger sus tierras cuando están amenazadas.
- Sencillez y unidad: Las familias anfitrionas nos recibieron con los brazos abiertos y nos mostraron una convivencia pacífica y compasiva. Una práctica conmovedora fue que oraban juntos antes de las comidas, a pesar de sus diferentes creencias.
Además de lo que aprendí, también descubrí muchas necesidades entre los agricultores. Viven en zonas pobres y carecen de agua potable para beber, lavar la ropa y bañarse. Solo pueden comer carne los sábados y domingos. No tienen suficiente espacio para dormir ni un baño adecuado.
Cultivan hortalizas, pero no pueden permitirse el fertilizante porque los precios han subido, mientras que los agricultores reciben precios bajos por sus productos. También sufren muchas injusticias: sus voces no son escuchadas por los líderes ni por el gobierno, que, en algunos casos, intenta expropiarles sus tierras. Esto es injusto: los pobres se hacen más pobres mientras que los ricos se hacen más ricos.
Todas estas experiencias me impulsaron a reflexionar sobre mi propio camino. Como postulante que vive en el convento, tengo todo lo necesario, así que no me preocupo por la comida, el agua ni la ropa. Soy consciente de mi bendición, pero a veces me quejo. Si los pobres pueden vivir con tan poco y mantenerse firmes, ¿por qué yo no?
Mientras continúo mi camino, mi misión es alzar la voz por los pobres y los marginados, y también rezar por ellos cada día. Todos esperamos que algún día el gobierno se preocupe por su pueblo —especialmente por los agricultores, los pobres y los marginados— proporcionándoles tierras para vivir, trabajar y cultivar. Los niños deben tener la oportunidad de recibir una buena educación porque son el futuro del país.
