Cuando la misión se vuelve encuentro: aprender desde la fragilidad y la esperanza

Llegar a Filipinas ha sido, para mí, una experiencia que se teje entre el asombro y la fragilidad. Cada día despierto con la conciencia de estar en una tierra distinta, donde los sonidos, los gestos y hasta los silencios tienen otro ritmo. Venir con el propósito de aprender el idioma y participar en un curso de formación congregacional ha sido más que un objetivo académico; se ha convertido en una invitación a dejarme moldear, a abrirme con humildad a lo desconocido y a atreverme a descubrir nuevas formas de percibir la vida y la misión.

No niego que el miedo me ha acompañado. A veces se esconde en las palabras que no logro pronunciar con claridad, en la inseguridad de no comprenderlo todo, en la dificultad de expresar lo que habita en mi interior. Sin embargo, en medio de esas limitaciones, descubro una oportunidad profunda: aprender desde la vulnerabilidad, escuchar con mayor atención y reconocer que el lenguaje del corazón trasciende las barreras idiomáticas. En gestos sencillos, en miradas acogedoras y en sonrisas compartidas, descubro que la conexión humana hace posible un diálogo que nace desde lo más hondo.

La cultura filipina me ha recibido con una calidez que interpela. Es distinta a la latinoamericana que llevo en mi historia, pero en esa diferencia descubro puentes inesperados: la hospitalidad, la alegría compartida y la fe vivida en comunidad. Poco a poco voy comprendiendo que no se trata de comparar, sino de contemplar, acoger y agradecer. Esta experiencia ensancha mi mirada y me invita a vivir con mayor profundidad mi identidad como Misionera Dominica del Rosario.

Ha sido especialmente significativo ver cómo las hermanas acompañan con dedicación los procesos formativos de profesores y estudiantes, apostando no solo por su crecimiento académico, sino también por su desarrollo emocional. Esta vivencia se hizo aún más profunda al participar durante una semana en un entrenamiento de Social Emotional Learning (SEL). Allí pude reconocer una misión que no se limita a transmitir conocimientos, sino que busca transformar vidas desde dentro, cultivando la empatía, la resiliencia y el cuidado mutuo. Agradezco especialmente a la institución Solidaridad, donde la hermana Nini realiza su misión, por abrir este espacio de aprendizaje y encuentro.

Hoy me reconozco en camino, agradecida por todo lo que las hermanas me permiten vivir y compartir. Camino con incertidumbre, sí, pero también con una esperanza que se fortalece en cada experiencia. Este tiempo me invita a salir de mí misma, a ensanchar el corazón y la mirada. Y en ese proceso, voy descubriendo que la misión no es solo lo que hago, sino lo que permito que Dios transforme en mí, a través de cada encuentro, de cada palabra aprendida y de cada gesto compartido.

Winivel Peña Peña

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