La gracia de ser elegida

La vocación no es una carga, sino un don. Es la invitación de Dios a permanecer en Él, a dar fruto y a vivir una vida de amor y servicio. Como nos recuerda san Pablo: «Mi gracia te basta» (2 Corintios 12:9). Esta verdad me ha guiado desde el primer día que entré en el convento, llenando mi corazón de alegría, valor y gratitud. Todavía recuerdo la alegría de aquel día, una alegría mezclada con cierta inquietud. Estaba feliz porque sentía el amor de Dios sobre mí, aunque, comparada con otras de mi edad, entré un poco más tarde. Sin embargo, su llamado me recordó: nunca es tarde para dejarlo todo y seguirlo. Su gracia fue suficiente para que cruzara esa puerta. Mi inquietud provenía de saber que la vida dentro del convento es diferente a la vida fuera. ¿Cómo podría vivir dignamente de este llamado? ¿Cómo podría dejar de lado mi ego por el bien de los demás y de la comunidad? No es fácil, pero su gracia me basta para superar todos estos desafíos.

Durante el retiro, el Padre Narciso Jr. nos recordó: «Por eso están aquí: porque escucharon y respondieron al llamado de Dios». Escuchar es importante, pero responder es aún más importante. Como dice la Escritura: «Muchos son llamados, pero pocos escogidos» (Mateo 22:14). Siempre recuerdo el día en que entré al convento. Me da valor y motivación para continuar. Dios me llamó por mi nombre, el nombre que me dio a través de mis padres. Creo que me eligió desde el mismo momento de mi concepción. Su amor es eterno, y mi respuesta es sencilla: «Aquí estoy, Señor». Mi vocación proviene de Dios mismo, como dijo Jesús: «No me eligieron ustedes a mí, sino que yo los elegí a ustedes» (Juan 15:16). Permanecer en Él es dar fruto. Sin Él, nada puedo hacer.

Como novicia dominicana, aprendí que a través de la oración encuentro a Cristo, contemplo sus misterios y doy testimonio de su presencia. Sin oración, el ministerio y el estudio pierden su sentido. El estudio es una búsqueda de la verdad, profundiza mi conocimiento de Dios y me capacita para predicar y vivir. La vida en comunidad es una escuela de caridad, paciencia, perdón y humildad, para vivir con alegría y apertura a la transformación. La misión es servicio, evangelización y presencia donde la Iglesia más nos necesita. Estoy profundamente agradecida a la Congregación de las Hermanas de la Reforma Dominica, a mi Provincia en China y a la Provincia de Filipinas, especialmente a nuestros formadores, por su guía, dedicación y apoyo, que me ayudaron a crecer en este camino.

La vida consagrada significa pertenecer plenamente a Cristo. Mediante los votos, me entrego por completo a Dios en un discipulado radical. La pobreza me recuerda que mi único tesoro es Cristo. La castidad es un amor indiviso a Dios, que santifica mis deseos y abre mi corazón al amor universal. La obediencia es escuchar con fe y humildad, discernir la voluntad de Dios y entregarme a sus manos. Son una alianza de amor, una promesa diaria de fidelidad, perseverancia y alegría. Así como Jesús se entregó al Padre, yo también debo entregarme plenamente a Él. Mi vocación es un don, una gracia y una alianza. No se trata de autopromoción ni ambición, sino de una respuesta al amor de Dios. Al igual que Santo Domingo, la Madre Ascensión Nicol y el Padre Ramón Zubieta, también estoy llamada a practicar la oración, el estudio, la comunidad y la misión; camino por la senda dominicana. Mediante la pobreza, la castidad y la obediencia, pertenece plenamente a Cristo. Y por su gracia, sigo creciendo, sirviendo y viviendo con alegría en su amor. «Mi gracia te basta… Permanece en mí… y darás mucho fruto». Gracias, hermanas, por acompañarme en este camino.                                   

 *Maria Nguyễn Thị Nga – Novicia, Quezon City, Filipinas

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