Preparar el corazón para decir “SÍ”

“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.” Son palabras sencillas, pero detrás de ellas hay toda una historia. Cuando las pronuncié el día de mi Primera Profesión Religiosa, comprendí que ese “sí” no nacía solamente de la emoción de una celebración. Era la respuesta a un camino que Dios había ido preparando con paciencia, incluso mucho antes de que yo pudiera reconocerlo.

Los días previos a la profesión fueron una montaña rusa de emociones. Mientras preparábamos la liturgia, ensayábamos los cantos, revisamos los últimos detalles y recibimos a quienes iban llegando para acompañarme, sentía que la preparación más importante no era la de la ceremonia, sino la del corazón. Había momentos en los que la alegría se mezclaba con el miedo. Me preguntaba si realmente estaba preparada para dar este paso, si sería capaz de vivir con fidelidad todo lo que estaba a punto de prometer. En medio de esos nervios descubrí algo muy sencillo, pero profundamente liberador: el Señor no me pedía tener todas las respuestas; solo me invitaba a confiar.

Entonces empecé a hacer memoria.

Comprendí que mi “Sí” no comenzaría en Hornillos, sino que había empezado mucho antes, cuando Dios, con infinita paciencia, fue haciéndose presente en cada etapa de mi vida. Incluso cuando yo todavía no era consciente de su llamada, Él ya caminaba conmigo. Estaba en las personas que puso en mi camino, en las experiencias que me hicieron crecer y también en las dificultades que, sin darme cuenta, iban preparando mi corazón para este momento.

Al recorrer mi historia descubro que cada una de las comunidades por las que el Señor me permitió pasar dejó una huella en mí. En las distintas experiencias pastorales aprendí a encontrar su rostro en las personas, especialmente en los más pobres. Cada misión me desafió a salir de mí misma, a descubrir capacidades que no sabía que tenía y a poner al servicio de los demás los dones que Dios había sembrado en mi vida.

La vida comunitaria también fue transformándome. Compartir el día a día con hermanas de distintas generaciones, conocer la historia de nuestra Congregación y descubrir la riqueza de nuestro carisma fue despertando en mí un profundo sentido de pertenencia. Pero, sobre todo, agradezco haber encontrado comunidades donde siempre me sentí libre para ser yo misma. Pude mostrar mis fortalezas, pero también mis fragilidades. Y fue precisamente allí donde el Señor hizo una de sus obras más hermosas: enseñarme que la vulnerabilidad no es un obstáculo para la vocación, sino el lugar donde su gracia actúa con más fuerza. Aprender a pedir ayuda, dejarme acompañar y reconocer que no podía sola me hizo crecer en fraternidad y me recordó que Dios no llama a personas perfectas, sino a personas dispuestas a dejarse transformar por Él.

Cuando finalmente llegó el día de la profesión, comprendí que aquel “sí” no era solo mío. Era también el “sí” de mis padres y de toda mi familia, que recorrieron tantos kilómetros para acompañarme en un día tan importante; el de cada hermana que creyó en mí, me acogió y me ayudó a crecer; el de aquellas hermanas que ya partieron encuentro con el Señor y cuyo testimonio sigue iluminando mi camino; y el de tanta gente que me reveló el rostro cercano de Dios. Pienso, especialmente, en la comunidad cristiana de Hornillos, que durante este último año me abrió las puertas de sus hogares y, sobre todo, de su corazón.

Al terminar la celebración, mientras repetía una y otra vez: «Gracias, Señor», comprendí que la gratitud es quizá la forma más auténtica de responder a una vocación. Porque, cuando una mira su historia con los ojos de la fe, descubre que Dios siempre tomó la iniciativa y que nuestro “sí” no es otra cosa que una respuesta agradecida a tanto amor recibido.

Hoy comprendo con mayor profundidad que el Señor ha cumplido su promesa: «Me sedujo, me llevó al desierto y habló a mi corazón» ( Os 2,16). En las alegrías y en las pruebas, en los silencios y en las búsquedas, Él nunca dejó de llamarme, de sostenerme y de enseñarme a confiar. Con el corazón lleno de gratitud, renuevo mi deseo de seguir escuchando su voz y de responder, cada día, con la misma disponibilidad, confianza y alegría con las que aquel 29 de marzo le dije: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad».

 

Hna. Mariscela Alvarez

Juniora – Provincia Ramón Zubieta y Les

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