58   AÑOS DE ENTREGA MISIONERA EN BOLIVIA Y CHILE

Nací en 1941. Mi familia estaba compuesta por mis padres, cinco hermanos varones y dos mujeres. Yo ocupo el cuarto lugar. Familia muy unida y trabajadora. Una economía completamente agrícola.

El pueblo contaba con 200 habitantes, estaba marcado por el nacional catolicismo de la guerra española. Una economía completamente agrícola y ganadera y una vida comunitaria cohesionada. Toda la rutina diaria gira en torno al trabajo del campo y los mandamientos de la Iglesia Católica. Gente de fe profunda y confianza en Dios que les cuidaba con cariño, completamente contemplativos en el diario vivir y muy unida a los ciclos de la naturaleza.

Había una economía de subsistencia.Los vecinos vivían del cultivo del cereal, como el trigo y la cebada y de pequeñas parcelas de viñedos. También cuidaban ovejas, vacas para la leche o el trabajo, cerdos y gallinas. El paisaje que acompaña nuestros pasos vendrá marcado por la escasez de agua potable que hizo de nuestra vida más austera y entregada al querer de Dios.

Dios me fue a buscar allí y me llamó con mucha insistencia como lo hizo con Samuel. Desde muy pequeña tenía este deseo de ser MISIONERA. Dios se me iba manifestando en el día a día con un amor profundo que no lo sé expresar con palabras pero mi corazón lo sabe muy bien. Siempre sentí que Jesús me decía que tenía sed. Yo no entendía nada, solamente quería ser MISIONERA.

Un día este llamamiento e invitación se hizo más fuerte. Cuando tenía 15 años fui a las doce del mediodía a llevar el almuerzo a mi padre que estaba trabajando en el campo por una senda entre trigales florecidos y escuché con más fuerza que nunca, tengo sed, me paralice por unos instantes dejé la cesta en el suelo me incliné y adoré, y después de una felicidad inexplicable seguí mi camino. Busqué donde había alguna congregación misionera, mi padre tenía dos hermanas Siervas de Jesús pero nunca me entusiasmaron. Por fin un día la Hermana Remedios Vásquez de la comunidad de la Virgen del Camino, visitó a mi tío sacerdote también hermano de mi padre a firmar unos documentos y dijo que era MISIONERA DOMINICA DEL ROSARIO. Así que mi tío me llamó y ahí comenzó toda la historia.

Ingresé al postulantado en marzo de 1959. Fue un largo recorrido de formación. Después de hacer los votos perpetuos la Madre General Carmen Azcárate me llamó para enviarme a la Vicaría de Santa Rosa. Esta noticia me llenó de gozo. Por fin se cumplían mis sueños de ser MISIONERA.

Llegué a Santiago en febrero de 1968. La adaptación a un clima y una cultura diferente supone un esfuerzo especialmente durante los primeros años, Pero con la certeza que Dios es el que me llama y me envía a su misión, todo se hace menos costoso sobre todo cuando estaba llena de ilusión y la fuerza de la juventud.

En los momentos difíciles repetía con San Pablo, todo lo puedo en aquel que me da la fuerza. He pasado por varias comunidades desde Chile y Bolivia, lo que me ha ayudado a desinstalarme y abrirme a nuevas realidades y a conocer hermanas y personas en situaciones y misiones distintas, villa caspana. Dios empieza por realidades pequeñas. El reino de Dios tiene comienzos insignificantes, pero sus efectos serán visibles para todos.

Es imposible escribir mi historia vocacional sin dedicar unas líneas a la parroquia de la Merced de la Villa Caspana. Personas sencillas con muchos deseos de crecer en la fe y seguimiento a Jesús. Que templaron mi vida y me prepararon cada día para la entrega.

Fueron 15 años preciosos donde fuimos tejiendo nuevos modos de relación. Hacer que surja lo mejor de cada persona con la que trabajamos, donde crecimos mucho en virtud de la paciencia y atención a la vida. Me ayudaron a tener entrañas de misericordia, a abrazar la vulnerabilidad, la mía y la de los que nos rodean- Tener ojos abiertos para captar las situaciones de sufrimiento de los demás. Apostamos juntos por la fraternidad para poder erradicar la exclusión.

Teníamos expresiones de cercanía, sinceras, de amor, creer en los demás, superar barreras, soñar juntos, buscar siempre lo esencial, hacernos guardianes de lo humano, abrir ojos y corazón para descubrir lo que está viviendo la otra persona, acudir donde la vida es más frágil.

He constatado que sólo el vínculo, la relación obra la maravilla, nos hace hermanos. Aprendí que lo importante necesita tiempo. Contagiar a las personas la pasión que me habita, que es ideal vivir desde la alegría.

Mi gran desvelo y ocupación eran las comunidad cristianas de base, que eran fermento de vida cristiana y vocacional, sostenían la fe de la parroquia.

No crean que todo ha sido color de rosa en mi vida. He tenido situaciones de mucho dolor pero prefiero silenciar. Quiero invitarles a dar gracias a Dios por la vocación que me regaló, al servicio de la Misión Evangelizadora de la Iglesia e invitar a que canten conmigo: “Cantaré eternamente las misericordias del señor y anunciaré su fidelidad por todas las edades”.

Ahora comienzo una nueva etapa. Seguro que la final. Mi historia de salvación continúa, será hasta que el Señor me recoja a vivir la plenitud a la que todos estamos llamados.

Angelina LLamazares

                                              Barañain, septiembre 2026.

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